
Uno es aplicado a veces y va de compra unas tres veces por semana para poder comer medio decentemente, se hace sus platos los domingos para darle uso a los táper llevándose comida al trabajo, apura el espacio de ese frigorífico compartido, en fín, ese tipo de cosas de los precarios.
Del sábado y del domingo se presentaba la semana con dos estupendos platos congelados, un panorama muy optimista para lo normal. La nevera con cosas y todo.
Lunes: bueno, nos llevaremos uno de los táper congelados, que ayer cociné lentejas pero no voy a comer lentejas hoy también, lo dejo para otra ocasión y me llevo esto otro, digo yo, algo tendré que comer, si un caso compro a la noche. Llega la tarde, vamos a una librería allí en la otra punta de Palma (Sagitario, muy chula, mezcla de peluquería y librería especializada en poesía donde había un estante dedicado a la diputación de Granada (¿?)), y claro, volvemos, unas cañas, una tapa de pago, ya has medio cenado y el mercadona tan cerrado como desearías que estuvieran tus ojos. Ese día tomas un yogur para completar y a la cama, aún hay comida.
Martes: Ostias, no hice nada ayer, claro, salí y tal. Bueno, hoy podemos comer un bocatilla en la cantina, por una vez que nos llevemos algo a la boca de pago no vamos a morirnos. Bocata de jamón y queso pal nene, luego curso y luego… luego ir de tapas con la gente del catalán (sí, lo habíamos acordado, es verdad). Total, cuatro tintos de verano (¡ya saben lo que son en la isla!), tapas y a dormir. El mercadona igual, mi nevera también.
Miércoles: los miércoles son los días que trabajo desde las 7 de la mañana hasta las 20 de la tarde descansando una hora para comer. Quiere decir que me tengo que llevar algo pa comer. Lentejas del domingo, bién, aún hay esperanza. Para la noche y para mañana… bueno ya compraremos algo, si salimos a las 20 y además hay cosas en la nevera. Claro, no cuenta usted que en vez de a las 20 ESE día sales a las 20:40 y además vienes de Marratxí con lo cual llegas a las 21:05 y no, no llegas al mercadona. Vas a casa y decides hacerte fritos, salvavidas. Unos sanjacobos y unas croquetas, maiz, algo por ahí más.
Nada, coges, pones la sartén limpia y grande, echas el aceite, abres el congelador, coges lacomida… pues no hay sanjacobos, hijo mío, y croquetas comíste ayer, ¿ahora qué?. Mierda, echas el aceite otra vez en la botella, la sartén a lavar. Abres el frigorífico y, um, ¡huevos! a ver, a ver, pasado mañana caducan, estupendo, tortilla al canto. coges la sartén chica (sí, y limpia también, qué pensábas), echas tu chorreón de aceite y la pones a fuego chico; Rebuscas por un bol limpio para batir los huevos, lo hallas, pellizco de sal, un huevo (¡clas!), ole y pa adentro, otro huevo (¡cla…! ¿eh?)… estaba roto de antes. Um, mosca tras la oreja. Bueno, no huelo nada raro, lo echo. Empiezo a batir y un huevo se bate ¡y el OTRO no! se queda como pegajoso. Recordando tantos casos de legionella en verano y queriendo quitarle oportunidades a los de antena 3, directamente los tiro, apago el fuego y otra sartén pa lavar. ¿Y qué como ahora?.
Bueno, una sopita de fideos, la última del verano (si, ya, a este paso…)
Se hace. La sirvo tranquilamente, cojo el medio limón que me queda y me digo: bueno, esta vez no va a pasar como siempre, así que quitaré antes los huesos. Quito uno (no no, apura, que puedes coger los dos con los mismos dos dedos), tiro del otro y, y, y… chap, chap. Por supuesto, ha pasado como siempre, los dos huesos de todo el medio limón en toda la sopa. Con los ojos sin moverlos siquiera del medio limón, muevo la mano ya pescando entre mis fideos.
Mi cena esta noche:
Piñones. Sopa de fideos. Pistachos. Yogur de pera.
¿Y mañana en el trabajo, qué?