Tarde de verano

-          ¿Hace buen día, verdad?

-          Sí, abuela, hay un sol que pa qué

No hacía falta mucho más. El largo camino de todos los días por la tarde en verano, unas botellas de agua y el bolso de los pañales. La joven empujaba mecánicamente la silla de ruedas, mientras ella, la mayor, se afianzaba en el respaldo  y miraba a los escasos aventureros que salían a la calle. Las losetas del paseo apenas sí se quejaban de los apoyos de pies y ruedas. Algunos árboles daban una caricatura de sombra a las hormigas y las latas tiradas al suelo.

-          ¿Y el Miguel, va a venir a cenar esta noche?

-          Sí, abuela, me ha llamado por el móvil y dice que pa las diez o así está por aquí.

Unos pasos más. Un reguero de sudor nace en la nuca de la anciana, se aventura lentamente hacia su espalda, encuentra el tobogán de su columna y cae hasta encontrar la tela de su vestido de flores. Una vecina las saluda al pasar.

-          ¡Adiós!

-          ¿Quién es la que nos saluda siempre, abuela?

-          La Clotilde, estuvimos juntas en el colegio y la catequesis.

Un resalto en el camino. La muñeca de la joven sufre para esquivarlo, pero lo consigue.

-          Fue una buena amiga, pero nos separamos cuando me fui al pueblo de tu abuelo. Tendría que visitarla, pero nunca me acuerdo.

El sol aún está bien sujeto al cielo cuando alcanzan un caño de agua fresca. Al verla ya van vaciando las botellas, calientes como arena de playa, y sus labios se entreabren cuando faltan unos metros para llegar. Beben con avidez de la fuente, la sienten alegrar sus gargantas, rellenan los frascos y continúan.

-          Abuela, ¿no te aburres de hacer el mismo camino siempre?

Se encoge de hombros.

-          A mí me gusta éste. Hace calor, pero no estamos lejos de las casas, no hay coches que molesten. Y en habiendo fuentes…

Fueron unas horas de cadencia, de pájaros, de subidas y bajadas, de miradas perdidas y ojos que pestañearon cientos de veces.

-          Creo que habría que volver a casa, hija, para empezar a cocinar para tu padre.

-          Si todavía faltan dos horas pa que venga, abuela…

-          Bueno… Pero así le hago el potaje que le gusta tanto.

-          ¿Potaje? Pero si hace un calor tremendo, ¡nos vamos a cocer!

-          No, pero a él le gusta mucho, ya desde chico. Seguro que se alegra. Tira por aquí, atajaremos por en medio.

-          Vaaale.

Entre ambos lados del paseo cruzaba una larga vía férrea. Dejaron la comodidad de las losetas para dirigirse al pequeño cruce.

-          Siempre se manchaba la barbilla y me tocaba limpiarle. Pero se lo comía todo y eso era difícil. Así que se lo haré, pero hoy le pondré un poco más de pimienta y limón.

-          Madre mía, yo le echaré cubitos entonces.

-          Anda, anda, no seas exagerada. Cuidado con las maderas, que están más que regular. ¡Ay!. ¿Qué pasa?

-          , que s’ha atascao la rueda. Espera que te saco.

La madera sujetaba a su presa entre sus oquedades. La joven, algo fatigada, no conseguía sacar la rueda. Se deshizo de la mochila con sus cosas para poder empujar bien.

-          Ahora verás.

Intentó liberarla de un empujón seco. Cogió carrerilla y chocó contra la silla, que se tambaleó y a punto estuvo de hacer caer a la anciana.

-          Chiquiiilla, ¡ten cuidao!

-          Ay, perdona abuela, pero es que no sale.

Siguió probando formas de desatascarla, cuando un temblor la hizo detenerse. Alzó la vista, miró a ambos lados y allí la encontró. La locomotora del tren venía por el horizonte. La joven empezó a buscar a alguien cerca, gritó, clamó, gimió, el corazón contraído que le salía en forma de lágrimas de desespero. Algunos vecinos se asomaron, otros intentaron llegar a las vías. La anciana se agitaba en su silla, pero sus piernas no se acordaban de levantarla. Ante la inminencia del monstruo mecánico, la anciana miró a la joven, guardó un momento de serenidad entre la tensión, le espetó el “Vete” más fuerte y duro que pudo, y se quedó mirando a su nieta. Ella, por su parte, sollozaba y se alejaba sin dejar de mirarla, la agarraron los viandantes cercanos, y  vio la estela del choque. Su abuela desapareció junto al estruendo del fantasma de metal.

La joven se arrodilló sin articular palabra. Nadie se movió.

El silencio volvió a esa tarde estival.

Inspirado en un hecho real.

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